La participación en la actividad institucional no es moneda corriente. La mayoría de las personas prefieren trabajar en la actividad privada y no involucrarse en política, comisiones directivas de clubes o instituciones.
Representar los intereses de un grupo, defender sus ideas sin buscar un beneficio propio, gestionar y proponer políticas públicas, hacer, transformar algo y, si tuviéramos el coraje, dejar un hito en la historia: bueno, todo esto es lo que cualquiera que se proponga para conducir debiera, aunque sea, desearlo.
Tal vez por eso pocos son los que ocupan los lugares que la mayoría deja y las figuras se van repitiendo o alternando sin cambios importantes en las conducciones.
De hecho, cuando un mandato culmina comienza el prurito en el grupo por quién podrá continuar. En algunas instituciones hay votaciones reales; en otras se realiza por consenso.
Este fenómeno lleva también a que esas mismas conducciones gobernantes se cierren en un círculo muy pequeño, alejándose de las necesidades reales del ciudadano, o del socio de una institución. Y también a que participe gente nueva que traiga otras ideas o nuevos proyectos.
Sin embargo, el peor de todos los males de cualquier institución es la permanencia en el cargo indefinidamente, la imposibilidad de formar nuevos dirigentes, dando lugar a la renovación.
Cuanto más encerradas en sí mismas se mantengan, más adeptos irán perdiendo y, en pueblos donde cada vez menos abunda el altruismo, las instituciones se irán desarmando y los intereses se volverán cada vez más individuales.
Tal vez el desafío esté allí: en que quienes conduzcan puedan superar lo individual para trabajar por lo colectivo.