El problema de las instituciones

Karina Escola
Requieren de personas capaces de superar lo individual para trabajar por lo colectivo

La participación en la actividad institucional no es moneda corriente. La mayoría de las personas prefieren trabajar en la actividad privada y no involucrarse en política, comisiones directivas de clubes o instituciones.

Representar los intereses de un grupo, defender sus ideas sin buscar un beneficio propio, gestionar y proponer políticas públicas, hacer, transformar algo y, si tuviéramos el coraje, dejar un hito en la historia: bueno, todo esto es lo que cualquiera que se proponga para conducir debiera, aunque sea, desearlo.

Tal vez por eso pocos son los que ocupan los lugares que la mayoría deja y las figuras se van repitiendo o alternando sin cambios importantes en las conducciones.

De hecho, cuando un mandato culmina comienza el prurito en el grupo por quién podrá continuar. En algunas instituciones hay votaciones reales; en otras se realiza por consenso.

Este fenómeno lleva también a que esas mismas conducciones gobernantes se cierren en un círculo muy pequeño, alejándose de las necesidades reales del ciudadano, o del socio de una institución. Y también a que participe gente nueva que traiga otras ideas o nuevos proyectos.

Sin embargo, el peor de todos los males de cualquier institución es la permanencia en el cargo indefinidamente, la imposibilidad de formar nuevos dirigentes, dando lugar a la renovación.

Cuanto más encerradas en sí mismas se mantengan, más adeptos irán perdiendo y, en pueblos donde cada vez menos abunda el altruismo, las instituciones se irán desarmando y los intereses se volverán cada vez más individuales.

Tal vez el desafío esté allí: en que quienes conduzcan puedan superar lo individual para trabajar por lo colectivo.